Notas Finales

En revisión y reescritura. Se incluyen textos publicados en blogs mantenidos por mi y otros publicados en portales como Aporrea.

Por una Malla Curricular

Por lo que he visto, la apertura a las formas dentro de los procesos de aprendizaje plantea, en especial en estudiantes adultos/as, un temor latente acerca de estarlo haciendo del modo correcto o no.
El temor a equivocarse emerge de su latencia cuando somos expuestos/as al otro/a en nuestro modo de pensar, creer, y percibir el mundo. De ese modo nos proyectamos siempre, sin embargo, el quedar abiertos a nuestros/as compañeros/as de aventura en el Programa de Estudios Abiertos (PROEA), desde la construcción de la autobiografía, resulta en ocasiones un acto de desnudez muy arriesgado para quienes han estado conformes con la coordinación de las actividades formativas por parte de las instituciones.
Si el acto de construir la autobiografía es un acto singular de valentía, cuyas consecuencias y repercusiones en la proyección desde el conocer hasta el ser, la articulación de una Malla Curricular, es el epítome de la autonomía de aprendizaje, pues debe dar respuesta conforme a esa autobiografía y a la proyección de cómo se quiere transitar la ruta hasta el cierre de ciclo.
Como todo acto de autonomía, encierra una rebeldía evidente ante lo formalmente aceptado y tolerado, representado en este relato en los estudios formales de pre y post grado, y requiere también de un reconocimiento y aceptación de lo que nos es propio e inherente a cada cual.
Si en la autobiografía nos desnudamos para mostrarnos a quienes nos acompañan en la comunidad de aprendizaje, la construcción de la Malla Curricular es como ir de compras y buscar qué queremos vestir. Parte de lo que vestiremos es, en buena medida, lo que hemos venido siendo, nuestro devenir como seres en formación permanente. Usaremos a partir de allí, algunas indumentarias que sacaremos de nuestros escaparates personales donde, seguramente, yacen muchos conocimientos de matemáticas que se anclaron en nosotros durante las interminables jornadas de hacer hallacas en familia, o de visitar, sembrar y cosechar el campo, para quienes hayan tenido esa fortuna, junto a saberes intrínsecos de manejo de incertidumbre y relaciones grupales atesorados luego de años de gestiones administrativas diversas o compras en mercados a cielo abierto.

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Figura 2. Mi Malla Curricular de Estudios Doctorales en el Programa de Estudios Abiertos. Fuente: Elaboración Propia.

Todo lo que somos y hemos sido, puede entrar en la Malla Curricular.
Lo interesante es que, mientras como participantes del PROEA, postergamos su construcción hasta estar “listos/as”, en el fondo me convenzo que la Malla Curricular (a la que tanto tememos también), es apenas un tamiz que resulta insuficiente para dar cuenta de todo lo que hemos sido.
Entonces, sin pretender que la que he venido armando para mi es la mejor, luego de armarla y de ver su insuficiencia como único instrumento para describir lo que quiero que me nombre en adelante, debo decir que me siento como cuando de niña temía a figuras enormes de monstruos con armas que se dibujaban frente a mi cama en noches de fiebre alta por amigdalitis.
No eran monstruos, eran apenas sombras que la cortina dibujaba.
La Malla Curricular, creo, es un instrumento. Como parte del andamiaje del PROEA, siempre es mejor tenerlo que no tenerlo. Como parte del proceso de formación de un ser que adquiere una suerte de autonomía pedagógica, pues se hace dueño y copartícipe central de su proceso de aprendizaje, no es un instrumento cualquiera. Es un instrumento que revela desde el comienzo la intencionalidad que lleva: trazar en un dibujo formal lo que se ha sido y facilitar la autoidentificación de espacios donde nuevos procesos de aprendizaje tengan lugar.

Antes de Despedirnos.

Nombrar en distintos escenarios, momentos, lugares y grupos, la necesidad de cambiar nuestra comprensión como ciudadanos/-as y colectivos, hacia lo técnico y lo tecnológico, y mirar con una visión algo más humanista estos temas que nos motivan a quienes nos asumimos activistas del conocimiento libre, es algo que me habita desde hace algún tiempo. Esa perspectiva que me parece apropiado nombrar como social hacia lo técnico, se centra en preguntar (me) sobre la situación secuestrada del conocimiento, pese a su condición natural de libre.
La pregunta, la construyo a diario desde distintos espacios en los cuales me sé en compañía con otros/-as. Con esas compañías también habito espacios donde nos dibujamos, contamos historias que nos han sido y nos construimos puentes porque nos reconocemos comunes.
Ese relatar historias, me ha revelado que llegar a conversaciones sobre conocimiento libre, desde preguntas algo más radicales que la búsqueda del mero dominio de aspectos técnicos, ayuda a comprendernos como parte inalienable de eso que somos y que denominamos vida. La relatoría en común de esos cuentos sobre secuestros naturalizados del conocimiento, es una suerte de rito al que llegamos cada cual desde el matiz con el que miremos al mundo.
En una conversación con otros, @mapologo comenzó a hablar de la libertad -1, entendida como la libertad de re-inventar, algo que no se obtiene de modo automático con la garantía de las otras 4 libertades del software libre. Pensando el conocimiento libre, confieso que esa re-invención sólo la veo posible con la oportunidad de reconstruir el rito del conversar y reconocerse como otro/-a, en el otro/-a. Creo que esa libertad en el conocimiento libre, ocurre luego de evidencia y disposición de nuestras limitaciones y contradicciones.

De cómo nos construimos en la voz del otro.

He visto que una primera fase de ese rito de aproximación al conocimiento libre, pasa por aceptar que sólo es posible comprenderlo en su justa dimensión si se denuncia en compañía de otros/-as y si se observa, desde esa compañía el modo en el cual el secuestro del conocimiento emerge como una limitante común a nuestros diversos modos de ver lo que las cosas son.
Sentados/-as juntos/-as, exorcizamos temores y evidenciamos paradojas dentro de las lógicas institucionales. Nos mostramos como somos, con las contradicciones propias y construyendo esa pintura de lo que queremos ser en colectivo. Hemos desvelado nuestras miradas sobre las cosas, con convicción de que afirmar la naturaleza genuinamente libre del conocimiento es, finalmente un acto de reconocimiento de lo que cada uno es y viene siendo en y para el activismo.
Yo considero al activismo como un acto de irreverencia e impertinencia frente a lo que está establecido y debería cambiarse para beneficio de todos/-as. De otro modo, sería sofactivismo.
Nuestros abuelos y sus hijos, antes de que la división moderna del trabajo y sus agites, les sorprendiera, se sentaban a la entrada de sus casas a mirar pasar la vida al galope de la brisa vespertina. Se contaban la vida y se pintaban unos a otros, en sus conversas, contemplándola. Y pintándose a si mismos, se veían en los trazos del otro. Y al final de cada jornada, cada cual era, de algún modo, un poco el otro.
Los/-as activistas nos vemos y andamos juntos/-as, tras una pantalla, en un café, a través de correos electrónicos, blogs, posts, tuits, con notas de voz y con diseños en pantallas compartidas. Construimos mapas mentales mientras conversamos y evidenciamos los modos en que obramos en nuestro activismo. Aún sin reconocerlo, y quizás por eso es necesario reconocernos, en ese leernos, escucharnos y contarnos me he visto, y me veo en palabras de otros/-as. A veces también les veo mostrándome sus lecturas de lo que soy en mi activismo.

0.3.1 Descubro mis trazas en otros/-as.

Desde el activismo por las tecnologías libres, habilitamos conversaciones que ocurren a través de -casi- todos los medios posibles. Las entradas de nuestras casas son amplias y casi sin límites. Allí buscamos vincularnos desde distintas disciplinas, desprovistos casi siempre de limitaciones jerárquicas o burocráticas y a pierna suelta. Allí donde opere un reconocimiento entre nosotros/-as, podrá habilitarse también la construcción de espacios convergentes de acción como posibilidad tangible. Al rito no se llega del todo desnudos/-as, se llega con visiones propias, construidas desde el conjunto que somos, puesto que lo que cada activista es, habita de algún modo, en el/la otro/-a.

0.3.2 ¿Cómo se ve al otro/a en mi?

La cultura es mezcla y remezcla, y la cultura es apenas un trazo, una expresión, del conocimiento … y el Conocimiento un trazo de la cultura. Cultura que se pinta conociendo, conocimiento que se pinta cultureando.
¿Por qué, entonces, habría de terminar una conversación en el punto en que se interrumpe sin apenas efecto en lo que cada cual acaba siendo luego de ésta?
Nos sentamos en un café, compartimos un sandwich caliente y conversamos sobre lo esencial de cada cual en su cosmogonía y cosmovisión sobre lo que el conocimiento libre es y al final, debemos confesarlo, esas almas no son las mismas que se sentaron a narrar lo que creen opera como elementos cantantes en el panorama de los secuestros enunciados. Esas almas son lo que eran, y son un poco el otro. Opera un hermoso proceso de imbricación gracias al cual, cada uno trasciende en las creencias y saberes del/-a otro/-a. Soy un poco aquél/la con quien converso, y también el/la es un poco yo.
Hablamos cada cual con su voz, y contamos al otro sin verlo. Y he podido ver que mientras más empático es el vínculo, más genuina es la imbricación de los discursos, de los argumentos. Como un cánon emerge una nueva voz que siendo en parte mía, ya no soy yo … que siendo en parte suya, ya no es del/la /otro/-a. Ocurre una gestación, crecimiento y parto de eso nuevo que cada cual es luego de la comunión de causas en ese gran haber que logra albergarse desde el conocimiento libre y la lucha por su regreso a condición genuina de libertad, sumando voluntades a diario.
Es por eso que la causa de las semillas es mi lucha, la causa por la cultura libre es mi lucha, la causa feminista es mía, la causa de pedagogías dialógicas son mías también … y todas ellas me tienen a mi y a muchos/-as en su casa, la casa del conocimiento libre desde la cual es posible entender patrones y modos de su secuestro.
Sin embargo, la gracia de consumar reconocimientos mutuos entre activistas, pocas veces llega. Y muchas veces también se retrasa la magia de reconocernos como agua que fluye sin ser la misma que llega a cada lugar. No faltan las anécdotas de desencuentros en lo que resulta más importante en este rito, que es la emergencia de espacios de salvaguarda de la conversación como medio de compartir la pasión por el activismo.
A veces es evidente que mientras menos sintonía habita entre quienes conversan, más expoliador es el contexto en que esas conversaciones habitan y menos justicia se llega a hacer al ritual descrito.
Conversar siempre es un regalo que permite ver nuestros trazos en el/la otro/-a. Hacerlo sobre conocimiento libre nos abre la posibilidad de dibujarnos unos/-as en otros/-as y ver nuestros trazos en sus palabras.
Hoy día me siento despierta a lo que veo como mi traza en las palabras de otros/-as. Ya no sólo observo la traza de otros/-as activistas en mi, sino que me veo dibujada en sus palabras y oigo mi voz en sus escritos. Son un poco yo, tal y como yo soy un poco ellos/-as. Es algo que ocurre pese a que hemos crecido en prácticas sociales subyugantes que penalizan sistemáticamente la colaboración y el empeño colectivos.
Despierta, también me percato de lo intermitente de nuestras conversaciones. Penosamente, veo que, con mucha más frecuencia de lo que admitimos, los espacios para conversar entre activistas surgen por momentos accidentales más que por un cultivo premeditado o como rito cotidiano. Pese a que hablamos, a ratos nos des-reconocemos, pese a espacios de encuentros, a ratos nos des-convocamos y olvidamos las trazas de unos/-as en otros/-as para, finalmente, nos desdibujamos y regresarnos a las islas en las cuales hemos sido hijos/-as privilegiados/-as de una racionalidad primera individualizante y mortal para nuestra causa.
De la conversa como rito del encuentro, emerge un desafío manifiesto a la racionalidad que nos ha visto crecer formalmente como profesionales que voluntariamente han decidido emprender el camino de denunciar el secuestro del conocimiento. Del desmalezamiento y uso de todo espacio de encuentro que se abra, depende la deconstrucción de los paradigmas de los que venimos y a los que nos enfrentamos como activistas.

Estereotipos sobre el conocimiento: de las fronteras del saber.

Afirmar que “el saber” tiene fronteras, constituye un intento por configurarlo como espacio dotado de condiciones propias de los territorios tal y como los conocemos: dimensiones conocidas, confines establecidos y articulación sabida del territorio con los elementos que lo conforman.
Sin embargo, siguiendo a [maduro_otto_mapas_2004], tal parece que el saber, en tanto que conocimiento, deviene mucho más de una confluencia iterativa de diversos elementos que por un designio lineal del curso de las cosas.
Nos dice el autor, que uno de los elementos centrales de la configuración del conocimiento es la experiencia, y en torno a ésta, define varios elementos que, desde una infancia muy temprana la configuran: alegrías y dificultades, aceptación y rechazo, normas sociales, lo sabido y lo conocido, la certeza, el poder, la frustración, la contradicción y la incoherencia… los cuales, desde sus zonas de impacto articulan en el devenir individual y social, aquello que el individuo o el colectivo terminan identificando como que “conoce” o “sabe” desde la realidad.
Siguiendo al autor, mapeamos la realidad en función de lo que valoramos que es bueno o malo, de allí que busquemos vecindad con cosas que nos impactan de modo positivo y lejanía de aquello que identificamos como dañino.
Pero, si así ocurre con la visión de la realidad que nos otorga la experiencia, ¿no ocurre acaso también con el saber?
Pienso que si, y por ello, estoy convencida de que frente a la afirmación de que los límites de lo que sabemos no son suficientes, que deben ser ampliados, me resulta intrigante conocer cómo aceptamos que lo que vemos como límites de lo sabido son, en realidad, su última frontera, y no su frontera más próxima a nuestra mirada.
De modo que, me permito proponer, que nos interroguemos sobre el objetivo del saber. Con ello, en realidad, estoy exponiendo ante los presentes, una de mis más radicales conversaciones internas: ¿hay un objetivo en el saber o saber es, en si mismo, un objetivo deseable?
Me gustaría, sin embargo, conducir aún más el ejercicio propuesto, y otorgarle un dominio a la pregunta: propongo que nos preguntemos sobre si existe un propósito en saber de Tecnologías de la Información o si, por el contrario, saber de Tecnologías de la Información es, en si mismo un propósito.
Y, visto que es un ejercicio que ocurre en este espacio, el de la esperanza y los anhelos por que las cosas que hay que hacer por el país y con éste se hagan bien, me gustaría que ese dominio que constituyen las Tecnologías de Información, lo reinventáramos a su genuina condición de libre y lo miráramos desde la atalaya de una institución pública.

El saber sobre el desarrollo de TIL.

Si continuamos la secuencia presentada por [maduro_otto_mapas_2004], debemos afirmar que sabemos de aquello que la experiencia nos ha revelado.
Me gustaría hacer un inciso en este punto para evidenciar que creo en procesos de aprendizaje que no son exclusivos de personas, sino que pueden ser compartidos también por las instituciones con la cuales éstas se encuentran vincuados/-as.
Así, es bueno acotar que las instituciones tienen una suerte de modo de ser, y hasta de humor que les es propio y que condiciona el modo en que lo que llamamos “saber institucional” es mostrado, interiorizado, asimilado y evidenciado en comportamiento por parte del nuevo personal. Esta idea no es mía. Ikujiru Nonaka y Hirotaka Takeuchi, vienen hablando de esto desde hace tiempo, en el campo de la teoría de las organizaciones.
A lo que ocurre institucionalmente en ese proceso de evidencia, interiorización, asimilación y socialización del saber o conocimiento institucional, es lo que ellos llamaron SECI, y la interacción de esos procesos, genera un espacio llamado “Ba” y que no es más que un entorno de aprendizaje (institucional) que se favorece por instrumentos como el diálogo, sistematización y organización del saber que ocurre al interior de una organización.
Entonces, debo decir que las instituciones aprenden, y según como aprenden, enseñan a todos los elementos con los cuales interactúan en su ejecución o hechura de políticas públicas, por ejemplo, pero también en el ejercicio de su propio quehacer institucional.
Referidos al dominio que antes hemos descrito, las TIL, y desde las instituciones, diré que el Ba generado por el proceso SECI, apunta con acierto a comprender las instituciones como espacios de aprendizaje, y también sirve para aplicar lo que, en colectivo y desde el colectivo, han experimentado con TIL.
Institucionalmente, el impulso para el desarrollo de TIL pertinentes para la acción social organizada (a través de consejos y corredores comunales, por ejemplo), supone una idea clara sobre la necesidad de cultivo de la tecnología, el conocimiento y los procesos generadores que los sustentan, a ambos, como bienes comunes a todos los ciudadanos y las ciudadanas del país.
Esta visión de cultivo entra en franca contradicción con cualquier otro modelo de diseño, producción o adopción de tecnologías que suponga un escenario distinto al de la libertad, la transparencia y la inclusión.
Cuando afirmo que las TIL son un bien común, las estoy equiparando en valor de uso social al agua, el aire, las semillas o la tierra. La teoría de los comunes, de la que nos hablaron en la Tragedia de los Comunes primero y luego Elinor Ostrom1, nos reúne en torno a la idea de que hay algunos bienes tangibles o no, que son indispensables en cualquier sociedad para poder desplegarse en su justa dimensión. Decir que las TIL son bien común, supone asumir que, comprendido el uso actual dado a las TIL para diseminar, remezclar, reproducir y divulgar el conocimiento y los saberes, éstas son indispensables y, por tanto, merecedoras de cuidado, cultivo y protección.
Y parece que no estamos lejos, cuando desde el activismo por el conocimiento libre, afirmamos que el saber (en sus distintas manifestaciones culturales y/o socioproductivas) o internet tienen o debieran tener, la condición de un derecho humano.
Las instituciones, desde el dominio de las TIL deben, por tanto, apuntar a cultivar una conciencia colectiva sobre la condición de bien común de las TIL. Y también deben ayudar en la tarea de pensar cómo inducir y formar esta conciencia colectiva.

0.5.1 ¿Qué quitamos y qué ponemos al quehacer institucional?

Quizás uno de los primeros elementos que debemos cuestionarnos desde las instituciones es, precisamente, el rol de éstas en el proceso de cambio de prácticas que no les permiten apropiarse en su interior, de una cultura de cuido y el cultivo en torno a las TIL. Superadas éstas por la via del aprendizaje institucional en el despliegue de nuevas experiencias, es posible que una institución comience colectivamente a comprender qué hacer para generar procesos similares en colectivos sociales.
En el contexto de esta propuesta, el término `Tecnologías Libres`, por ejemplo, encierra un significado heredado de la filosofía del software libre, y se utiliza para identificar a todos aquellos productos tecnológicos sobre los cuales todas las personas puedan tener acceso a través de su documentación y de sus especificaciones, lo cual permitiría proponer e implementar mejoras y modificaciones que expandan y amplíen sus usos para la apropiación social y la soberanía tecnológica.
Por su parte, la noción de conocimiento libre, encierra una discusión de mayor abstracción, pues no hace referencia de modo exclusivo a la aplicación de las cuatro libertades sobre éste al no ser un producto, y tampoco se refiere a un producto tangible. Así, el conocimiento es un bien común, con un carácter genuino de libertad, pero que se encuentra secuestrado y socialmente enajenado por intereses particulares, económicos generalmente, de orden local, nacional o incluso mundial.
No es este el espacio para exponer ampliamente el debate en este sentido, pero si para establecer que sobre el conocimiento no puede operar otra cosa que la búsqueda de su emancipación en distintos planos y espacios: desde los procesos y metodologías de formación y aprendizaje hasta las instituciones públicas donde ocurren acciones y decisiones en ocasiones en franca antagonía y contradicción con la propuesta del Estado que propugna defensa de saberes propios, búsqueda de la independencia y soberanía tecnológicas y construcción del hombre y mujer nuevos.
Tengo la convicción de que una institución que se cuestione sobre los propósitos del saber de las TIL, debe comprender de modo claro (evidenciado en sus prácticas) la diferencia, dimensiones e impacto de las TIL y sus referentes conceptuales.
Y tengo el convencimiento de que este legítimo cuestionamiento, lejos de entorpecr el desempeño institucional, lo habilita como agente transformador de su entorno, pues en lugar de partir de soluciones prediseñadas, se permite preguntarse sobre su quehacer a la luz de lo que evidencian sus prácticas.
Pero no siempre basta comprender lo anterior para que ésto ocurra. Recientemente cobra mucha más fuerza entre activistas, la convicción de que todas las actividades financiadas con fondos públicos provenientes y administrados por el Estado venezolano, deben contribuir, de modo evidente y explícito, al desarrollo y fortalecimiento de las capacidades locales y que estas capacidades locales deben, de modo explícito, involucrar distintas instancias.
Es por ello que activistas del país, hemos buscado incidir en una propuesta de Ley de Acceso Abierto y Difusión Libre del Conocimiento, buscando construir entre muchos lo que nos impacta a todos/-as. Esto habla de una concepción del conocimiento que invoca al cuido, fomento y protección. Pero habla, además, de la construcción de una idea fuerza en torno al conocimiento que lo hace instrumento de la emancipación social a través de su liberación y su enarbolación como bien común y, por tanto de todos y todas.

De las prácticas.

El desarrollo endógeno pasa por la identificación de vocaciones, potencialidades y capacidades para la construcción de decisiones locales.
Como proceso, acción y espacio para el quehacer humano, la construcción del desarrollo no debe asumirse exclusivamente como responsabilidad institucional, pero tampoco puede pensarse sin intervención de las instituciones.
Buena parte de las decisiones locale de desarrollo endógeno, involucran actividades desde las TIL aplicadas al ejercicio de las labores de Estado y gerenciales de colectivos.
De este modo, el apego de ésta a estándares y prácticas de construcción, divulgación, e internalización libres es lo único que garantiza que dicha tecnología permanezca en la esfera de los bienes comunes. De allí que construir un esquema de trabajo colaborativo en torno a las soluciones tecnológicas para el Estado venezolano se convierte más que en una decisión, en la construcción del camino hacia el logro de un objetivo estratégico: la soberanía e independencias tecnológicas, lo cual, en el terreno de actividades de gestión del Estado, adquiere además, un cariz táctico.
En parte es en este espacio en el cual el saber sobre tecnologías libres comienza a tener un propósito.
En el plano en el cual se puede evidenciar desarrollo comunitario de las Tecnologías de Información Libres (TIL) en nuestro país, concurren por igual actividades, colectivos, activistas, movimientos e iniciativas empresariales o altruistas que dan sentido a una serie de tareas que se asumen como propias de las labores de construcción del paradigma de las TIL, como lo son: divulgación y socialización, organización socio-comunitaria, desarrollo de aplicaciones y herramientas de TIL, socialización colectiva entre pares y articulación socio-política entre otros.
En los procesos de autogestión se involucran valores ya interiorizados en la comunidad como la ética, la solidaridad y el compromiso con el activismo. “El principio radical del Software Libre es el trabajo colectivo, altruista y desinteresado de personas que se reúnen para cooperar en torno a un fin común, aportando su experiencia en distintos ámbitos. Esto supone un cambio en las relaciones y en los modos de producción: Ya no se crean productos para ser vendidos masivamente en el mercado, para que unos pocos acumulen capital, sino que un grupo de personas trabaja de forma colectiva para generar conocimiento que permanece público, permitiendo que otras personas puedan aprender de él y continúen mejorándolo. Pero además, opera un proceso de progresiva comprensión y apropiación de los medios de producción y de las formas en que la tecnología se manifiesta en cada producto y aporte del Software Libre: ya no se asume a las y los usuarios como “consumidores” pasivos: todos somos productores y participamos en la construcción del conocimiento desde Internet”12. El pueblo se convierte entonces en “prosumidor”3
Así, la comprensión sobre las tecnologías libres que debe construirse desde las instituciones, supera lo estrictamente técnico para configurarse en una perspectiva algo más compleja que busca involucrar y dinamizar otros elementos del entorno como los procesos de aprendizaje y las prácticas sociales, por ejemplo.
Si pensamos en el sentido del saber de TIL, cómo podemos evaluar, desde las instituciones cuál es nuestro nivel actual de “saber” en tic?
En TIL uno de los modos de dilucidar si sabemos, cuánto sabemos y si encontramos sentido a lo que sabemos, es construyendo documentación y sistematizaciones sobre las experiencias vividas e identificando los repositorios de software y documentos y valorando su crecimiento a lo largo del tiempo.
El establecimiento de repositorios comunes para desarrollo no ocurre por generación espontánea ni se mantienen con un crecimiento constante por el simple deseo de que así ocurra. Del mismo modo, en una sociedad sin narrativa, la construcción de documentación en torno a procesos, productos o articulaciones sociales no es tarea fácil.
La articulación, generación y mantenimiento de repositorios, documentación y prácticas colaborativas, les configura como espacios transformadores no sólo de prácticas inherentes la técnica del desarrollo de aplicaciones, sino también un espacio de desmontaje de patrones de acumulación propios del capitalismo cognitivo. Como gérmen de ese Ba del que hablamos antes.
De modo que algo que como colectivos de activistas, desarrolladores/-as o instituciones debemos conocer son las prácticas sociales y organizacionales que permiten sustentar y garantizar la fluida articulación de componentes técnicos, sociales y políticos en el desarrollo de las TIL como potenciallidad, vocación y capacidad nacionales.

Capacidades, vocaciones y potencialidades: quién fue primero?

 

  • El software libre, el hardware libre y el conocimiento libre, contemplan criterios técnicos, sociales y educativos entre otros.
  • El saber se construye en mucho con la experiencia. De tal forma, son hechos positivos la aceptación y valoración positiva efectiva hacia los procesos de entrega al dominio común de toda la información.
  • Institucionalmente debe construirse una clara y pública visión acerca de los procesos de formación y adiestramiento en las áreas antes mencionadas y su orientación
  • No debe tenerse a la re-visión de prácticas, procesos y resultados. Una perspectiva pertinente sobre los procesos de prospectiva y observación tecnológica sobre el sector, supone también fomentar labores de investigación, innovación y desarrollo y socializarlas de modo tal que se hagan cotidianas y comunes en los espacios más triviales del quehacer social.

 

Aún hablando de tecnologías libres, nos enfrentamos a un espacio sociopolítico que debe configurar un proceso constante y recursivo para la comprensión, el conocimiento y la apropiación sobre los medios de producción, lo cual debe suponer, además la reversión también recurrente de los beneficios (educativos, culturales, alimentarios, sociales y económicos, por ejemplo) a la sociedad, la generación de arraigo entre todos los agentes vinculados y la consideración, inclusión y respeto por las capacidades y vocaciones locales y grupales de los colectivos y la comunidad de software/hardware/conocimiento libre, como organizaciones de base del poder popular.
Aunque capacidades, vocaciones y potencialidades son claras y visibles en espacios geográficos o territorios colectivos, también existen en entornos institucionales.
En este sentido, pareciera que el llamado debe dirigirse hacia la orientación de las capacidades institucionales, con miras la satisfacción de necesidades de la superestructura e infraestructura del Estado y más específicamente de la Administración Pública Nacional y las necesidades emergentes derivadas de la creciente y progresiva articulación del poder popular en torno a labores propias del cambio de paradigma socioproductivo en el país.
En este sentido, urge abordar una comprensión integral de las institucions llamadas a fortalecer y acompañar la generación de soluciones de TIL en el país, que posibilite, entre otras cosas que,

 

  • Los datos manejados, los resultados producidos, la información en suma, obedezcan a los principios de datos para el gobierno abierto: datos completos y disponibles, los datos deben estar disponibles a tiempo, de forma primaria (lo menos agregados posibles), datos accesibles, procesables a través de máquinas, no discriminatorios, deben estar dispuestos en formatos no propietarios, deben estar libres de licencias y, finalmente, las quejas, observaciones o sugerencias sobre datos, información o procedimientos, deben tener una respuesta.
  • Contribuir a la conformación de repositorios útiles para la Interoperabilidad, Gobierno Electrónico, el Software Público y para el sustento de procesos de aprendizaje (en cualquiera de sus formas), investigación y desarrollo.
  • Acciones con la transparencia como uno de sus principios rectores, y satisfacer, además, la colaboración y la participación como tres pilares clave de este tipo de iniciativas. Esto supone que este trabajo no puede ocurrir en las dimensiones que se requieren en estos tiempos, a menos que se articulen con la generación de dinámicas locales de aprendizaje, comprensión y construcción local de decisiones.

 

De la neutralidad de la tecnología y del conocimiento.

No hay debate posible sobre si la tecnología es o no es neutral, ni sobre si es o no es política. Y no hay debate no por negar la posibilidad de expresarse y demás que a cada uno le asiste, sino porque salvo que creamos en que la tecnología es algo sobrehumano no es posible que algo hecho por el ser humano no le asista intención cualquiera. Por cierto, es interesante este tema porque pensar que la tecnología es sobrehumana es asumir un esquema de pensamiento medieval que legitimaba la acción de los representantes de “Dios” en la tierra por estar tocados por Dios. Por extensión, todas las acciones de los que fuera afectos a estos representantes, estaban también legitimadas de igual forma.
Aquí no cabe, tampoco, debatir sobre el que la intencionalidad del ser humano sobre la tecnología se evidencia en el plano de su USO, porque aunque la comprensión utilitarista sobre la tecnología es una perspectiva muy socorrida para su explicación, lo cierto es que la utilidad de la tecnología es un elemento cuya definición se corresponde con el proceso de su creación y no de modo exclusivo con el proceso de su utilización posterior.
Por otro lado, todo lo hecho por el ser humano, en tanto que ser social, está correspondido con un referente político y social que le son inherentes y directos. De forma que, en mi opinión, asumir que cualquier acción humana, especialmente técnica, está deslindada de una condición política es una postura arrogante y temeraria. Porque ver la tecnología sin intencionalidad humana alguna es pensar que es algo menos que “magia” y creer que el técnico/a que la domina es Dios. Y, por otro lado, pensar que la intencionalidad humana no opera con criterios políticos es, cuando menos, ser ingenuos. Hago un inciso para explicitar lo que a estas alturas debe ser evidente: cuando hablo de política, criterios políticos e intencionalidad social, no estoy refiriéndome EN NINGUN CASO a preferencias políticas. sin embargo, está absolutamente claro, que generalmente las preferencias políticas se enmarcan en ideologías políticas y que estas últimas observan el hecho político y el social desde perspectivas diferentes entre si.
En el fondo, el modo de pensar que opera con criterios de “neutralidad” e “inocencia” sobre elementos y constructos humanos no es culpa nuestra. Apenas es una evidencia somera del impacto tremendo que un modo de contemplar la educación y el aprendizaje bancarios nos ha hecho. La educación nos dice que el conocimiento esta compartimentado y separado. Nos empuja a adquirir destrezas y desarrollar experticias en áreas de éste. También opera así el conocimiento técnico, de forma que se tiene la ilusión,cuanto más abstraído de la realidad esté,es mas puro y “mejor” será. En este pensamiento, si la realidad es un contexto político, mucho mejor si la técnica y su dominio están abstraidos de este.
Pero no nos engañemos. Tras el empeño del discurso dominante por abstraer la técnica y lo técnico de su referente social y político directos, se esconde la necesidad de ese discurso por crear un sustrato que pueda soportar su perpetuación. Y ese sustrato no es otro que el de la ausencia de cuestionamiento por el papel que la tecnología tiene en la supervivencia de la especie humana.
La tecnología no es un hecho fragmentado. Por tanto no podemos decir que es neutral si es software pero no lo es si son transgénicos. La tecnología definitivamente NO es neutral. Pensar lo contrario es entrar en la puerta falsa de la tecnología como magia y el técnico como Dios.

Unas últimas notas

Una última cosa me gustaría agregar sobre este recorrido y su metodología. Aunque pueda parecer algo de carpintería y de importancia menor, lo muestro porque considero que no sólo ha sido parte de mi aprendizaje, sino que puede ser de utilidad para alguien que, como yo, emprenda una tarea similar de escritura en varios tiempos.
Aunque como tutora me he encontrado en dos ocasiones con personas que gustan de escribir a mano y luego transcribir lo que redactan, con mucha más frecuencia me encuentro con personas que utilizan computadoras o tabletas como su principal instrumento de escritura de documentos. Sin embargo, cuando comenzamos a escribir algo, hablo desde mi experiencia, y aunque cada quien tiene su propia manera de llamar, atraer y retener la inspiración, lo cierto es que no siempre ésta nos ocurre cuando tenemos a mano las herramientas para escribir., o nos ocurre que modificamos el texto que vamos escribiendo una y otra vez, pero no sabemos exactamente en cual documento digital está recogida la última versión de lo que hemos escrito. La siguiente caricatura de Albert Montt

1

http://dosisdiarias.com

ilustra lo que conocemos bien sobre el típico manejo de versiones por parte de quienes escribimos pero no sabemos de organizarnos.

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Figura 3. Cómo ve un ilustrador nuestros des-hábitos en versiones de documentos. Fuente: Montt (2012)

Finalmente, a veces sucede que trabajamos desde varios lugares sobre el texto que estamos escribiendo y nos lo enviamos por correo o grabamos en una unidad extraíble las innumerables versiones del documento y sus respaldos. Yo no he estado exenta de padecer estos problemas y por ello, además de querer hacer este libro, he querido aprovechar herramientas de escritura de texto y de control de versiones más propias del desarrollo y documentación de software, puesto que, realmente, las considero con un papel determinante en la ardua tarea de enfocar las sesiones de escritura y de aliviar la tarea de seguimiento de los cambios realizados.
En primer término, confieso que trabajo en ambiente Linux. No es algo heroico, es una convicción vital que como activista busco llevar a sus últimos términos. En esos términos, en lugar de utilizar un procesador de textos tradicional de software libre, me decidí a utilizar Lyx

2

http://lyx.org

. Esta es una herramienta que me permite dos cosas deseables para mi en un documento de este tenor: primero, tener una maquetación diferente del libro resultante y en segundo lugar, enfocarme en escribir en lugar de estar combatiendo los problemas típicos de una edición de texto improvisada como por ejemplo quitar numeración en la primera página, cambiar numeraciones entre páginas introductorias y de contenido o insertar las secciones en donde deben ir. Sin embargo, el camino del uso de Lyx no ha sido fácil. Ya tenemos más de un año de andadura juntos y, aunque ambos hemos pasado varias veces por terapia, ya creo que envejeceré con él. A mi me sirve perfectamente para lo que quiero hacer que es escribir con un formato depurado y bonito sin mucha complicación. La tarea de manejar e introducir la bibliografía en un formato que me guste, sin embargo, ha sido una tarea que ha demandado un proceso de desaprendizaje y reaprendizaje que intentaré explicar a continuación. Aunque desde hace ya varios años utilizo a nivel muy básico herramientas como Calibre

3

http://calibre.org

(que es un gestor de bibliotecas y documentos digitales), y Mendeley

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http://mendeley.com

(aunque no es libre), confieso que nunca he tenido el hábito de armar la bibliografía de forma metódica, registrándo las referencias con todos sus componentes apenas localizo la información requerida. De modo que, al trabajar con Lyx, he debido reprogramar este (mal) hábito de dejar para el final el registro de las referencias y, sinceramente, ha sido un trabajo aún inconcluso y casi tan laborioso como la escritura misma del libro, amén de que ha sido mucho menos ameno.

En segundo lugar, para asegurarme de no tener muchos archivos con la última versión revisada del documento, decidí apoyarme en un servicio de manejo de versiones de repositorios llamado Gitlab

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http://gitlab.com

. Aunque no es frecuente que se utilice esta herramienta para control de versiones de documentos de texto, decidí que sería una buena ocasión para aprender el manejo de control de versiones y, además, garantizar que escriba desde donde escriba, podré tener acceso a la última versión del documento. Con Gitlab cada vez que se ha realizado una modificación en el documento del libro, he señalado los cambios realizados y lo he actualizado en el repositorio que creé para ello.

Finalmente, he intentado llevar un diario, aunque bastante inconsecuente, de mi portafolio y del curso del libro, a través de un blog

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http://www.libreconocimiento.org.ve

, disponible desde una instalación propia de WordPress

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http://wordpress.org

. Allí he colocado mi portafolio personal, preparado en el marco de los estudios doctorales. Allí también he colocado algunas cosas que iban nutriendo, desde la periferia, este documento y su sentido como citas y artículos sueltos.

Una última herramienta me ha mantenido escribiendo. Conocí 750words

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http://750words.com

hace unos seis años, aunque a ratos me ha mantenido escribiendo de continuo, a comienzos de este año asumí como reto, la escritura diaria de 750 palabras. No siempre las he podido completar en un único día, y no siempre han tenido que ver con este libro, pero el recordatorio diario de que he sido constante, al menos en las últimas semanas de trabajo, me ha mantenido y ayudado a avanzar en la generación del hábito.

Este libro no es un texto sobre herramientas de software para quien escribe, cosa que bien podría ocupar un extenso libro distinto a éste, pero éstas páginas sirven para exponer aquellas herramientas que han sido una decisión pertinente y meditada a lo largo de su realización. Algunas decisiones sobre las herramientas han condicionado, incluso, meta aprendizajes sobre la escritura y la investigación, otras han permitido ganar confianza y soltura en los tiempos de más demanda en dedicación al texto. En todo caso, queda por escrito mi “fórmula” esperando que a alguien pueda ser de utilidad reutilizarla y mejorar la combinación.

¿Quién teme al PROEA?

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Este texto apareció en el portal Aporrea el 22 de febrero del 2016. Puede consultarse desde http://www.aporrea.org/educacion/a223345.html

La educación formal o al menos, lo que conocemos de ella y que nos la dibuja como el único medio para la obtención de un fin necesario (el título), está configurada sobre un modelo de aprendizaje que garantiza la permanencia de prácticas, hábitos y visiones de mundo hegemónicos en buena parte de las sociedades contemporáneas, y condicionan desde la inserción laboral de los individuos hasta sus relaciones interpersonales.
La educación formal, sus mecanismos e instrumentos de aprendizaje, sus pedagogías y sus fundamentos metodológicos se aplican como receta para el logro educativo, pese a las diferencias y particularidades de los distintos grupos a los que atiende, ignorando necesidades y características propias de éstos. Lo que conocemos de la educación formal: la masificación, la evaluación por demostración, la homogenización y la invisibilización de las diferencias, la implantación por vía de hegemonía no cuestionada de “verdades irrefutables de la vida”, la negación de la otredad y la divergencia y, finalmente, la normalización, en suma, de nuestros modos de aprender, socializar y habitar en sociedad, son componentes aceptados como “buenos” socialmente y vienen, incluso, reforzados desde las maneras en que se interactúa en familia, hasta las formas en que una persona se percibe a si mismo en un proyecto individual o colectivo. El devenir de la construcción social ha hecho que una parte importante de la sociedad valore positivamente y casi sin cuestionamientos a esta forma de educación, ignorando que sus factores más resaltantes son al mismo tiempo, el envés de su impacto en la sociedad, por la vía de la insuficiencia para responder a una sociedad diversa, variopinta, matizada y compleja. Cualquier persona que falle en los logros que este modo de comprender los procesos de aprendizaje ha impuesto, lleva sobre si, casi de modo irrebatible desde la razón dominante, el estigma del fracaso, la falta de esfuerzo y la desatención.
Desde la educación popular hasta las experiencias de educación y pedagogías alternativas, varias han sido las iniciativas de grupos y colectivos para contrarrestar una suerte de accionar de resistencia frente a la “normalización” de la educación formal. En nuestro país la experiencia es variopinta aunque, pocas han logrado engancharse tanto en el sentir de grupos de trabajadores y trabajadoras, profesionalizados/as o no, como la posibilidad de conjugar procesos de aprendizaje desde su experiencia vital y su quehacer laboral.
El Programa de Estudios Abiertos (PROEA), liderado en este momento desde la Universidad Politécnica Territorial Kléber Ramírez en Mérida, pero con réplicas tutoreadas a lo largo de todo el territorio nacional, construye alternativas para el reconocimiento de saberes adquiridos en la experiencia de vida, y también habilita la formalización de este reconocimiento en el contexto universitario. Queda claro que este planteamiento interpela de modo directo a las insuficiencias de la educación formal. Este programa, que busca identificar desde la práctica cotidiana todos saberes habilitados en lo individual y hacia lo colectivo, supone un proceso profundo de descolonización y emancipación del ser, al reivindicar que como individuo y colectivo nuestro devenir histórico manifiesto en intereses, búsquedas personales y profesionales y destrezas, se cifra en el (re)conocimiento de los saberes que hemos aprendido en espacios no formales y no aceptados de aprendizaje y formación.
El quehacer del PROEA ha permitido revelar un conjunto de razones, otrora invisibilizadas y naturalizadas, en primer término de la desescolarización, la limitada profesionalización entre personas extraordinariamente hábiles y sabias; y en segundo término, de lo que pueden suponer causas radicales de las insuficiencias de la educación formal y el impacto de estas insuficiencias en el devenir productivo de nuestra sociedad. Este programa supone, pues, un verdadero desafío a la racionalidad instrumental del quehacer pedagógico aceptado como “bueno” por quienes silencian sus preguntas ante el fracaso de muchos en la educación formal. Y este desafío a la racionalidad instrumental no cuestiona sólo las relaciones entre docentes y estudiantes en el marco de los espacios formales de aprendizaje, sino también desafía, aún sin proponérselo, la comprensión que sobre los procesos educativos y de formación, se hace desde las instituciones que los habilitan.
Hace unos días tuve el privilegio de asistir como testigo a una presentación de portafolios de integrantes de distintas comunidades de aprendizaje. En la presentación a la que asistí, observé razones familiares ancladas en ideas fuerza equivocadas sobre la necesaria “normalización” de la rebeldía, la diversidad funcional, y el ímpetu o la fuerza con que se cuestionan algunas formas de aprendizaje institucionalizadas en las escuelas, por ejemplo; o también amparadas en carencias financieras que, lamentablemente aún hoy, justifican el retraso en el aprendizaje individual.
Escuchar las autobiografías allí presentadas de boca de sus propios protagonistas sirvió para que se me revelaran, casi de modo efervescente, preguntas sobre las razones radicales por las cuales aún frente a los avances en la masificación de la educación gratuita a escala nacional, persisten fallas en la profesionalización y reconocimiento formal de saberes. Casi de modo instintivo me respondí a una pregunta no hecha: quienes temen al PROEA emergen desde espacios donde sienten una amenaza clara a la subsistencia institucional de un modo de formar. Recordé que en el año 1933, Walt Disney popularizó en Estados Unidos una tonadilla con una simple letra que animaba a tres cerditos a enfrentar a un feroz lobo que quería darles caza destrozando lo que consiguiera a su paso, incluso si era una casa. Con la frase “¿Quién teme a un lobo feroz?” que al son de un baile improvisado cantaban entre si los tres hermanos cerditos para animarse y acompañarse, se instaló en la simbología popular una versión revisada del clásico David contra Goliath.
Muchas de las preguntas que emergieron aún son un murmullo para mi y otras están en latencia. Pero una respuesta se me enrostra de modo fuerte y claro: el impacto en la generación de procesos de descolonización y de emancipación de individuos y colectivos, son suficientes razones para temer al PROEA. Estas razones se anclan en lo institucional, lo formal, lo que ha sido normalizado. Pero desde el PROEA, definitivamente, hay cientos, miles de razones evidentes para no temer enfrentar de modo claro y decidido esos miedos que ante la incertidumbre subsisten en cualquier espacio hegemónico, institucional y formal que defienda su subsistencia.