Del Desarrollo Endógeno

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(…) la forma dominante de producción contemporánea, que ejerce su hegemonía sobre las demás, crea “bienes inmateriales” tales como ideas, conocimiento, formas de comunicación y relaciones(…) no se producen solo bienes materiales, sino relaciones sociales reales y formas de vida” [hardt_michael_multitud._2004]
En este capítulo, se presentan reflexiones sobre un tema que considero es clave en la construcción de ideas colectivas sobre cómo y qué producir, pero también sobre cómo articularse junto a otros en tal tarea. Algunas de estas reflexiones ya han sido expuestas en documentos y en algunos espacios digitales durante los últimos años, donde se han presentado pinceladas sobre la idea de desarrollo que, de alguna forma, debieran permear la producción en torno a las tecnologías y el conocimiento libre

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Se incluyen en este capítulo extractos de trabajos, publicaciones y presentaciones hechos entre el 2006 y el 2015.

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Pese a mi formación en ciencias políticas y mi asimilada inclinación al construir preguntas relativas a la gestión y la economía durante la carrera y también después, debo confesar que el tema del desarrollo endógeno llegó a mi de un modo que considero tardío. Fue durante mi trabajo en Fundacite Mérida entre el 2004 y el 2007 que comencé a indagar sobre este tema.
Al iniciarme allí, y con la formación como politóloga, además de mis labores como activista de software libre, tuve el cometido de organizar un Vivero de Innovación Productiva que se pensaba aplicar, bajo la responsabilidad de Fundacite, en función del decreto de Mérida como Zona de Desarrollo Endógeno en Tecnologías de Información y Comunicación. Sin embargo, la construcción de esa propuesta me enrostró como hecho, casi palpable, de que eso que llamamos clima organizacional, en ocasiones opera como una suerte de biología de las instituciones y de las organizaciones sociales y que esta biología determina la altura y naturaleza de las atalayas desde las cuales se observan las realidades y sus posibilidades.
Durante su construcción y luego de presentada la propuesta, se evidenciaron de varias maneras tensiones y distensiones entre una realidad institucional (Fundacite) que entonces parecía aspirar a conducir el proyecto hacia la articulación, per se, de una contrafigura del Parque Tecnológico de la Universidad de Los Andes; una realidad del entorno productivo en tecnologías libres: la ausencia de iniciativas locales centradas en producir tecnología; una realidad educativa y de formación en lo local: el anacronismo de los contenidos ofrecidos en el área de tecnologías de información y su inoperancia para apoyar la generación de talento local en el área y orientarlo a la productividad; y una realidad social evidente: la ausencia de una comprensión del impacto social del uso y adopción de las tecnologías libres en un contexto en el cual, el debate sobre las tecnologías libres muy imbuido en el quehacer de nosotras y nosotros los activistas, parecía, sin embargo, un debate invisible al resto de la región y del país, incluido el entorno de la toma de decisiones políticas necesarias.
Dado el cuadro descrito someramente, ¿Cómo podía organizar una propuesta de un Vivero, para el área de tecnologías libres que pudiera sostenerse desde una institución regional de ciencia y tecnología? Es evidente que aunque hubiera sido un muy buen inicio para el impulso de una realidad productiva diversa para nuestro estado, y aunque comencé a estudiar al desarrollo endógeno, dadas las realidades superpuestas, y otras razones no expuestas, aquel proyecto no llegó a implementarse. Creo que las respuestas llegaron algún tiempo después cuando desde el mismo espacio de Fundacite participé en la articulación de una Red de Aprendizaje en Desarrollo Endógeno, gracias al cual recorrí acompañando talleres sobre ese tema en 16 de los 23 municipios del estado.
Este tema, me ha trasladado, además, varias veces a la docencia. En mi quehacer actual, como se verá un poco más adelante, busco trasladar a los y las participantes de mis sesiones de trabajo en el Colegio Universitario Hotel Escuela de Los Andes Venezolanos, preguntándonos sobre el desarrollo como un espacio multivocal, nunca acabado y multiverso en el cual el cristal por el cual lo miramos, el turismo, es apenas uno de los colores posibles y que, además, se forma con la conjugación cómplice de todos los demás que son, a su vez, colores dispuestos por otras alternativas de desarrollo complementarias.
Creo que comenzar a revisar, entonces, al desarrollo desde un proceso en el que yo misma he sido y soy su aprendiz, me animó a concederme la libertad de preguntar qué había más allá de éste cuando se pensaba no para producir cosas materiales, tangibles, sino para habilitar aquellas que permitían a tal producción ser posible.

Primero fue el desarrollo.

A la pregunta sobre ¿qué es el Desarrollo? todas y todos nos sentimos en condiciones de aportar una respuesta, que consideramos acertada, de forma rápida. Cuando planteo esta interrogante a estudiantes de Turismo

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En distintas asignaturas dentro del Programa Nacional de Formación en Turismo en el Colegio Universitario Hotel Escuela de Los Andes Venezolanos, los y las estudiantes se ponen en contacto con conceptos como desarrollo, producción y cadena de valor. Y son estos momentos buenos espacios para animarlos a reflexionar sobre lo que se cree que significa el desarrollo y lo que supone, en términos prácticos, para la producción dentro del turismo.

generalmente lo hago con un ejercicio de lluvia de ideas que anoto en la pizarra del aula y que nos ayudan a dibujar lo que, en términos comunes, se asume que es el desarrollo. Las primeras palabras que surgen casi siempre son: “eficiencia”, “progreso”, “avance” y “evolución”. Diré entonces que, de entrada, quienes acuden a formarse o profesionalizarse en el área del turismo no están sensibilizados/as hacia el desarrollo como un fenómeno desigual que ha supuesto, casi siempre, impactos negativos en entornos físicos o sociales

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Llegados a este punto en aula y generalmente de una sesión de clase para la siguiente, hacemos otro ejercicio: deben revisar en las etiquetas de cosas que utilizan con frecuencia, el lugar en el que están elaboradas. Ropa, utensilios de cocina, accesorios, zapatos y aparatos electrónicos. Este segundo ejercicio lo colectivizamos entre todos y todas. Cuando preguntamos por los aparatos electrónicos, pido que abran sus celulares y comprueben el lugar de elaboración de los mismos y de sus baterías. Casi en todos los casos, provienen de China o de Taiwán. A partir de allí, los expongo a noticias sobre contaminación ambiental, control férreo de las libertades sociales y desigualdades comerciales en mercados internacionales por campañas de marketing negativo hacia productos de origen chino, cuando buena parte de los componentes de los que ya utilizamos tienen ese origen, aunque sus marcas son europeas, japonesas o norteamericanas. También hemos abordado las terribles desigualdades sociales, económicas y productivas que imperan en la industria textil de vanguardia, el caso de las maquilas en el continente asiático por ejemplo, pero también las más cercanas, en países hermanos de nuestramérica.

. Curiosamente, unas respuestas bastante similares he conseguido cuando he dibujado esa pregunta a prestadores de servicios del Sistema Teleférico de Mérida Mukumbari, y las respuestas no son muy diferentes, como tampoco difieren mucho de las que aportaban quienes participaron en los talleres de desarrollo endógeno que apoyé desde Fundacite Mérida.

Puedo decir, entonces, que tengo algunas evidencias de que la noción de desarrollo más íntimamente arraigada en nuestro acervo lingüístico en el estado Mérida, y por ende también cultural, remite a éste como sinónimo de crecimiento material por la vía del incremento progresivo de riquezas y posesiones individuales. Sin embargo, aunque esta definición es semánticamente insuficiente, no siempre se acepta esa limitación al nombrar al desarrollo.
La insuficiencia semántica que pretendo denunciar se evidencia en tres aspectos clave. En primer lugar, el marco conceptual que tradicionalmente ha definido al desarrollo introduce, en primer término, el crecimiento como un concepto ineludible y, adicionalmente lo constriñe a lo meramente económico como sinónimo de aquello que se conoce como prosperidad económica

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Con mucha frecuencia también, he percibido una confusión presente en buena parte de las conversaciones sobre economía, y articulada entre los conceptos de economía y finanzas. El uso casi como sinónimos de ambos términos y de éstos como indicador de desarrollo, conduce al equívoco de pensar que el desarrollo se debiera traducir en incremento en nuestros ingresos financieros (finanzas) y no en la diversificación de los factores productivos que interactúan en los distintos procesos que permiten la disposición de bienes y servicios (economía).

. En segundo lugar, esa definición de desarrollo obedece a un marco social, cultural y científico que nos es ajeno, aunque lo sentimos y hemos asimilado como propio. Finalmente, ese concepto de desarrollo se enmarca también en la búsqueda de un estadio futuro deseado per se, asumiendo que hay en su búsqueda connotaciones siempre positivas, desconociendo efectos colaterales, algunos esbozados arriba, y experimentados por minorías y grupos de excluidos de grandes medios de comunicación y difusión a los cuales, en general, se expone a la persona común.

Autores como [boisier_sergio_revision_2004] y [fuenmayor_ramses_sentido_2000], afirman que la definición del desarrollo en las sociedades latinoamericanas, es un proceso que se inicia con la adopción e imitación de un discurso importado de la política económica de los llamados países desarrollados. De esta suerte, desarrollo y prosperidad económica son términos interrelacionados cuya separación del ideario de la persona de finales del siglo XX y comienzos del XXI resulta, aunque vital, profundamente laboriosa. Aunque los autores no lo dicen de modo explícito, y mi impresión es que no apuntan tampoco hacia esa línea, creo que las dificultades para aislar la idea de prosperidad económica de la idea de desarrollo, se originan en la imbricación de un discurso sobre nosotros como sociedad, cuyos fundamentos es un lenguaje que no nos es propio pero que, además, tampoco nos nombra aunque nos objetiviza. El lenguaje sobre economía, desarrollo, tecnología y crecimiento financiero no habla desde un nosotros que pueda dibujarse en cualquiera de los contextos actuales de las naciones o regiones nuestroamericanas. Nuestra América tampoco es una única cosa, pues con el tiempo nos hemos convertido en una amalgama de amalgamas de cosas que fuimos. Pero es que además, ese lenguaje sobre economía, desarrollo, tecnología y crecimiento financiero, tampoco habla para un nosotros que nos incluya en sus perspectivas y alcances. Ese es el discurso hegemónico. Esa es la lengua dominante. Pero, con harta ingenuidad, hay quienes piensan que ese discurso nos nombra, nos habla y nos describe.
El lenguaje es aquí un problema importante, y mucho más lo es el contexto de la palabra desarrollo que, volviendo a los autores, condiciona, en mucho, lo que ésta acaba nombrando en nuestros contextos. Del impacto de las palabras en la formación de las relaciones sociales, nos dice [borda_fals_revoluciones_1968] que

“El mundo de las palabras encierra cosas insospechadas, a veces tan sutiles que su verdadero sentido no se revela sino a escritores geniales o a aquellos devotos de la lingüística que hacen de esa fascinante búsqueda la razón de ser de su existencia. Al acceso del lego queda un universo simplificado de palabras en que los objetos se interpretan según pautas transmitidas de padres a hijos por la tradición. Muchas veces los términos señalan contrastes profundos —lo negro, lo blanco—, y como la tradición es fuerte, esos contrastes primarios se trasladan al campo de lo moral. Aparecen entonces vocablos que tienen que ver con “lo bueno” y “lo malo”, “lo apropiado” y “lo condenable”, a través de los cuales se le enseña desde pequeño a comportarse. Pero generalmente no se entrena para buscar otros tonos y dimensiones que la vida real pudiera ir produciendo. Esto es natural, por el proceso simplista de la enseñanza del niño” [borda_fals_revoluciones_1968, 8]
Quizás por ello, países con enormes riquezas materiales, humanas y naturales como el nuestro, han estado signados durante décadas con el sello de subdesarrollado marcado al calor de una estigmatización a nuestros procesos económicos como insuficientes, atrasados y condenados a no ser capaces de superar las economías periféricas por si mismos. Condicionada desde la palabra nuestra visión sobre la situación futura a la que aspiramos, resulta evidente, aún sonando algo esotérico, que como sociedad acabamos autolimitando nuestra creatividad social para idear respuestas que contravengan al discurso hegemónico, y por tanto maniqueo, que sitúa el debate en la dicotomía desarrollo versus subdesarrollo. Pensarnos desde otra mirada distinta a la subyugante vara que busca medir nuestro desarrollo en función del estándar establecido para y por otras realidades, conlleva no sólo acciones económicas sino también y quizás con mayor ahínco, acciones sociales y políticas disruptivas.
Sobre el paradigma desarrollo debo decir además, que en términos sociales y de la acción política, en nuestro continente al menos, ha operado un discurso que ha ido moviéndose alternativamente desde el impulso por la búsqueda del progreso, hasta búsqueda por la incorporación de los más desposeídos y la recuperación de daños ecológicos prácticamente irreparables por décadas en nuestro planeta y el enfrentamiento ante el entorno político para superarlo, para luego volver al juego del reajuste del discurso político en función de, por ejemplo, humanizar procesos extractivistas responsables de tales daños.
Un resumen algo grosero de ese vainvén, nos evidencia que:

 

  • Durante los años 70 y 80 del siglo pasado, se nos convenció, como sociedad, que el desarrollo es algo que se tenía o no se tenía (como los ojos verdes, el ser blanco, o el estar casados) y, por tanto, era necesario empeñar esfuerzos institucionales, sociales, humanos y políticos para tener eso que era (o debía ser) tan ansiado y que no teníamos como sociedad. El logro de esta meta, para nuestro país, tenía una vía: el extractivismo. El argumento era muy simple: ya que éramos países bendecidos en recursos naturales, minerales y energéticos, deberíamos ponerlos al servicio de otras naciones, representantes de la humanidad, para lograr nuestro desarrollo a través de un incremento notable en ingresos monetarios por la vía de la venta de esos recursos extraídos y utilizar esos ingresos monetarios para la adquisición de bienes y servicios que no teníamos. Y nos convencieron. Como pueblos desarticulados, no politizados, no sensibilizados hacia la sustentabilidad, no opusimos resistencia a la idea de extraer todo cuanto teníamos para entregarlo a otros, que harían productos con ello y nos lo venderían nuevamente. Era un callejón sin salida, pero como sociedad, como pueblos, no lo vimos entonces. Subdesarrollados nos llamaron entonces, y nos insistieron en la receta descrita como la acción necesaria, y suficiente, para cambiar de esa condición menor, inferior y negativa, a otra mejor: el desarrollo, como algo deseable y siempre positivo. Ese camino supuso empeñar nuestros recursos y convertirnos en consumidores habituales de cantidades enormes de productos que podíamos producir, pero que no producíamos porque no generamos las capacidades para ello. Ese modelo de desarrollo que se nos vendía como alcanzable, a las primeras de cambio nos dejaría por fuera, pues era el único modo de lograr que se mantuviera para los países que ya eran “desarrollados”. Es decir, aunque tomáramos un marcador y pintáramos en nuestros párpados cerrados un ojo de color verde, siempre al abrirlos, seguirían siendo café.
  • Por otro lado, las nociones de Desarrollo Sustentable, es decir, prácticas socioproductivas que puedan mantenerse en el tiempo, y Sostenible, esto es, prácticas socioproductivas que puedan reproducirse sin atentar contra la supervivencia futura, además de ser inspiradoras de prácticas sociales y políticas, también han sido utilizadas de modo vinculante para decidir sobre políticas comerciales entre varios países. Por ejemplo, tras el cuestionamiento sobre mercadeo de productos de origen animal y/o vegetal en función del uso de químicos o maltrato animal, se esconde una argumentación que poco tributa al beneficio de los animales, plantas o comunidades involucradas y mucho a la satisfacción de intereses comerciales externos. Este paradigma es evidente, por ejemplo, en el caso de venta comercial de semillas mejoradas, que oculta la grave afectación a suelos y seres humanos al reprogramar los primeros a las nuevas condiciones impuestas por las semillas, y a los segundos al acostumbrar sus organismos a consumir menos fibra, menos semillas e introducir en éstos las trazas de los componentes químicos necesarios para la reprogramación del suelo a las nuevas condiciones y, además, para el sostenimiento de la semilla en sí mismo.

 

Resulta casi imperativo revisar qué ha ocurrido con la idea de desarrollo como progreso, como propósito, y sus implicaciones para los países aún en la periferia como el nuestro. Esto nos lleva a examinarnos en ese devenir histórico que nos hizo colaboradores activos para el desarrollo … de otros, generando en ese tránsito profundas desigualdades sociales y económicas que tienen, a su vez, repercusión en decisiones políticas, educativas y socioproductivas actuales y futuras.
Y en ese camino, hemos intentado responder a ¿qué es el desarrollo? se hace necesario destacar el modo en que el despliegue del concepto del desarrollo endógeno ha estado como fondo de contraste la noción de desarrollo económico, la cual en buena medida, se puede caracterizar en términos de la búsqueda de elevar indicadores de desempeño global sin tomar en consideración el contexto en el cual estos indicadores son definidos y medidos.

Del desarrollo endógeno.

Cuando asistimos entre 2005 y 2006 a distintos municipios del estado Mérida proponiéndoles juntarnos para pensar sobre el desarrollo endógeno, en la intención había la búsqueda de traer a la luz un necesario debate sobre este tema y poder conocer de cada sesión de trabajo, lo que se percibía a pie de calle sobre este tema. A estas sesiones de trabajo procurábamos insistir, debían convocarse actores locales, pero no actores del dominio de la política de partidos, aunque no estaba negada la participación, esperábamos escuchar en esos espacios a quienes día a día, hacían el desarrollo con sus manos, con sus quehaceres propios.
La actividad de los talleres discurría más o menos de la siguiente manera: primero hacíamos una presentación típica de las actividades rompe hielo: quiénes somos y de qué comunidad o sector venimos eran las respuestas básicas. Luego presentábamos una introducción básica sobre el propósito de la Red de Aprendizaje, para mostrar a continuación un documento con conceptos sobre el desarrollo como actividad que hace objeto al ser humano y la necesidad de trascender a una perspectiva más humana. Tras esa identificación de las nociones básicas del desarrollo endógeno, se procedía a realizar el primer ejercicio de trabajo reunidos en tantos grupos de personas como lo permitiera el número de asistentes y que consistía en identificar las potencialidades y vocaciones locales.
Una segunda parte del taller tenía que ver con la presentación de los componentes básicos del desarrollo endógeno, llamadas dimensiones: decisión local, control local y enriquecimiento local. A partir de allí se construía una segunda actividad práctica con miras a identificar entre los asistentes aquellos aspectos de cada dimensión que podían, y debían, operarse en el entorno local del municipio para posibilitar el avance hacia un desarrollo endógeno. La actividad cerraba con un cruce y una suerte de priorización de las propuestas emanadas.
Lamentablemente no pude hacer la sistematización y seguimiento que hubiera querido a los talleres realizados y al devenir posterior de dichas comunidades. Desde la distancia de los diez años transcurridos desde entonces, puedo recordar quizás como una de las sesiones más contradictorias y, además, más reveladoras fue la que realizamos en el Coliseo de la ciudad de Tovar, donde entre los asistentes había personal de una escuela técnica del municipio. La escuela técnica que estaba autorizada a dictar estudios de técnico medio en informática y de técnico medio en agricultura, contaba con menos computadores que docentes y con apenas un espacio equivalente a un patio trasero diminuto para las prácticas de cultivo. Me resultó revelador cómo las insuficiencias y limitaciones propias de un sistema educativo organizado biológicamente desde la periferia de los problemas (léase espacios del llamado poder central), condicionaban en tal medida la búsqueda de soluciones que desde la propia escuela no se habían planteado, hasta ese taller, como una posibilidad la realización de prácticas de cultivos en las fincas y extensiones de tierra aledañas a la misma. Pienso que aunque la solución de acceso a equipos de informática ciertamente resultaba menos sencillo de solucionar en ese entonces, abrir a estudiantes y docentes que asistieron al taller la posibilidad de ampliar sus espacios de formación a los lugares contiguos a la escuela pudo significar un respiro importante para la comunidad educativa.
Visto en perspectiva, aquella experiencia me evoca el discurso, introducido en tiempos relativamente recientes, sobre la necesidad de referir el desarrollo a un proceso de activación de fuerzas sociales en aras de canalizarlas hacia el incentivo del surgimiento de vínculos sociales que permitan actividades económicas armónicas con esos espacios sociales. Volviendo a las raíces de lo que somos como naciones y como nuestramérica, parecemos haber entendido, o comenzar a hacerlo, que el contexto de comprensión del desarrollo no es único o, al menos, no tiene una única vertiente sino que por el contrario, comienza a construirse desde lo que es la acción social en los entornos locales.
Y esa acción, entonces, además de ser radicalmente humana, dibuja a un ser humano muy cercano al otro, a un ser humano que se piensa y se entiende como inherentemente vinculado al otro en su devenir social e histórico. Es en este contexto, que el término endógeno acompaña una revisión de la idea de desarrollo, que busca transportar el concepto de desarrollo desde el reduccionismo economicista hacia un marco más amplio, a juicio de [boisier_sergio_actores_2002] más constructivista, y orientado hacia la posibilidad de alcance de un momento en que sea posible el desarrollo del ser humano de forma integral; y a juicio de [fuenmayor_ramses_venezuela:_2003], más vinculada al marco de una concepción diversificante de la humanidad, que permite el reconocimiento de las sociedades desde un lugar en el que la diversidad cultural no sólo posibilita su reconocimiento, sino también es observada e incorporada a la constitución autopoiética de aquellas

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Maturaneo aquí un poco para nombrar los procesos de construcción del hecho social que son conducidos por sus propios actores al tiempo que se avanza en la construcción de los actores mismos en el camino que discurren.

. De esta suerte, esta re-visita al término desarrollo, se hace desde la necesidad de que las colectividades construyan un significado que les permita dar cuenta de la complejidad intrínseca de los procesos que encierra. Es así como, primero de manera un tanto sutil, y luego ya de un modo más firme, hago un llamado a repensar lo local en el marco del trazo de las comunidades que, en busca de potenciar el desarrollo del ser humano, han emprendido el camino de la construcción de eso que se ha esbozado antes y que tiene que ver con el desarrollo del ser humano de forma trascendente al de la economía.

Lo endógeno, es aquello cuyos orígenes se encuentran en causas internas a lo que permite y posibilita su emergencia. Se contrapone a lo exógeno, siendo esto último aquello que, en cierta forma, afecta a algo sin estar en sus orígenes y características. En términos sociopolíticos y antropológicos, lo endógeno es aquello que es inherente a una comunidad determinada, que aflora como expresión de las características propias de ese colectivo de personas y en tanto que están en un territorio conocido con el que interactúan, pero que a su vez terminan determinándola. En esta visión, lo endógeno está íntimamente relacionado con el acervo y tradiciones de las comunidades. Así, lo endógeno tiene un referente local claro, que lo remite a una unidad territorial determinada aunque no siempre ésta va a la par de la definición geográfica del territorio. Quiero significar aquí que hay territorios sin referentes geográficos identificables en mapas y que éstos también tienen expresiones en el desarrollo endógeno. De esta suerte, la unidad territorial puede ser desde una manzana o parroquia, hasta un conjunto de varios municipios o estados circunvecinos, o una entelequia compuesta por espacios geográficos cuales quiera, no contiguos.
Es frecuente la referencia a Desarrollo Local y Desarrollo Sustentable como sinónimos que se cree definen por igual un mismo fenómeno: el desarrollo endógeno en localidades específicas

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Al respecto, [boisier_sergio_teorias_1998]presenta una clara exégesis de cada uno de esos términos.

. Como si estos términos y su uso no fueran suficientemente imprecisos, en ocasiones también se les considera sinónimos de otros como Desarrollo Regional y Desarrollo Territorial. De todos ellos, Desarrollo Local resulta ser el más impreciso y, al mismo tiempo, el más difundido en su uso asociado con la denominación de la generación de dinamismo económico en pequeñas unidades territoriales o agrupamientos humanos, aunque hay autores que también lo ubican como una reacción a la construcción de escenarios globalizados

. Por su parte, el Desarrollo Sustentable tiene que ver con condiciones económicas, políticas y sociales, de carácter estructural que soportan al desarrollo, y que lo configurarán como tal (sustentable), en tanto que dichas condiciones le permitan cubrir los desafíos planteados por el entorno en el momento actual, sin disminuir la posibilidad de seguir haciéndolo en el futuro, lo cual lo hace también sostenible ([mass_h._maria_j._desarrollo_2005]). El Desarrollo Regional tiene que ver con un proceso de cambio estructural en el ámbito de una región que puede ser referido al progreso de esa región, del colectivo que la habita o de cada individuo. Y, finalmente, la idea de Desarrollo Territorial la cual enfatiza en la escala geográfica del mismo.

Sin embargo, y para no confundir innecesariamente a quien me lee, confieso que no puedo imaginar una idea sobre el desarrollo endógeno que no lo dibuje como algo inherentemente sustentable, evidentemente sostenible y genuinamente garante de la generación de diversos tipos de riqueza para todas/os resulta más acorde a la necesidad de comprender cuáles dinámicas socioproductivas deben definirse en torno a cada uno de los sectores que accionan en el territorio.
El desarrollo endógeno es un hecho social, es producto del quehacer humano y no puede, por tanto, contravenir la subsistencia de éste. Por eso, el desarrollo endógeno plantea inicialmente el ejercicio de repensar la raíz misma de la noción de desarrollo concibiéndolo desde aquello que las comunidades se plantean como interrogantes a la luz de ellas mismas, posibilitando que su andadura hacia el desarrollo, se inicie con el proceso de construcción de significados, y el ejercicio de un diálogo entre esas comunidades y las instituciones públicas.
Ya Clarac [clarac_jackeline_posibilidad_2004], planteó la necesidad de repensar el desarrollo en términos de concebir localmente un modo de desarrollarse según los intereses socioculturales propios de las comunidades. El escenario que propone la autora, recrea la idea de una comunidad conocedora de sus tradiciones, y en la que hay pleno dominio de sus intereses, de tal suerte que pueden decidir, sin ayuda externa, en torno a qué enfilar sus esfuerzos hacia el desarrollo, es decir, con un importante avance en términos de construcción del espacio de lo público. Sin embargo, esta situación no es la más común, e incluso el acceso al conocimiento sobre los dispositivos sociales y organizacionales que permitirían tal reflexión, suele estar condicionado y restringido.
Lamentablemente, debo confesar que, pese a los destellos exitosos evidentes en nuestra geografía nacional, en la práctica social y en términos generales, no se ha avanzado mucho en la construcción común de los términos en los cuales se puede hacer una construcción ciudadana de lo que es común a todos, y que en lo cotidiano las comunidades no suelen tener mucha claridad acerca de cuáles son sus vocaciones y potencialidades, y mucho menos estar conscientes de si aquello que “conocen” se encuentra en la esfera de sus vocaciones y potencialidades. Este es un primer obstáculo que observa la definición de estrategias endógenas de desarrollo: la ausencia de procesos pensados para la formación de ciudadanos/as y una ciudadanía responsables de la construcción de lo público: esa suerte de conócete a ti mismo

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Aforismo griego atribuido entre otros a Heráclito.

, que podríamos extrapolar a las comunidades como requisito previo para el establecimiento de los elementos comunes y definitorios de su opción de desarrollo, es menos frecuente de lo que solemos pensar. No hablamos aquí de aprendizaje formal. No es la escuela de ciudadanía que tantas voluntades contrarias ha movilizado en países como España. Hablo aquí de espacios abiertos al aprendizaje desde el quehacer de ser ciudadanos que construyen relaciones con sus pares y también con las instituciones, desde ese devenir de serlo. El aprendizaje como un hecho cotidiano e íntimamente relacionado con el ser ciudadanos en ejercicio.

Por otro lado, la superación de una suerte de sospecha a la participación de actores externos en la determinación de las acciones locales que promuevan el desarrollo, es una seria limitación. Esta duda razonable se deriva, en muchos casos, de la observación hecha al modo en que algunos actores, en representación de entes públicos en el país, han acometido planes de desarrollo, articulados e implantados de forma casi enajenante y privados de un vínculo permanente con las sociedades a las que deben servir. En otras palabras, con una concepción lineal del desarrollo en la que el individuo es más objeto que sujeto de desarrollo. Este es un segundo obstáculo que debe ser superado en la definición de estrategias endógenas de desarrollo: la reconstitución de instituciones públicas que puedan ser coadyuvantes de la articulación de los planes de desarrollo endógeno que están llamadas a ejecutar.
Los siguientes párrafos, pretenden dar cuenta de algunos modos posibles para superar estos dos obstáculos en los procesos de construcción endógena del desarrollo.
En primer lugar, ante la ausencia de espacios de aprendizaje sobre el quehacer humano, desde su ejercicio, en la reconstrucción de ese ser humano en colectivo, en comunidad y, por tanto, en la configuración como ciudadano, no conozco mejor ejemplo que las Comunidades de Aprendizaje. Cierto es que defendiendo una noción de desarrollo que supere la aplicación de recetas de modo lineal sin contextualización, no puedo asumir una única solución para todos los problemas relativos a la generación de capacidades para repensarnos en nuestros entornos de acción social. Sin embargo, las distintas experiencias que he tenido en comunidades de aprendizaje, aún antes de estar en una de manera formal e, incluso, sin saber que eso hacía, me llevan a convencerme que el aprender sólo puede conducirse enfocando la óptica desde quien aprende y, a su vez, aprendiendo sobre ello. Además, si de algo está distante la propuesta de las Comunidades de Aprendizaje es, precisamente, de la búsqueda por establecer una hegemonía sobre el método o sobre la construcción, o deconstrucción, del objeto que nos quita el sueño y nos entretiene de día como sentipensantes del aprendizaje. Abordaré, sin embargo, esta perspectiva en secciones siguientes.
Mirar al desarrollo a la luz de su endogeneidad, y entenderlo como proceso que se inicia y desarrolla transversalmente en términos de los valores y componentes culturales de la localidad en la que acaece, se enmarca en un desarrollo con una concepción diversificante [fuenmayor_ramses_venezuela:_2003], construida sobre la base de las capacidades autogenerativas de la cultura, vinculadas, a su vez, con un proceso complejo que revela la posibilidad de una cultura cualquiera de generar sus propias manifestaciones, más allá de la imitación o adaptación de otras que le son ajenas. Esta capacidad autogenerativa de una cultura se identifica como raíz de una concepción diversificante del desarrollo. La capacidad autogenerativa de una cultura, se define como la propiedad que tiene una cultura de engendrar sus propias manifestaciones ([fuenmayor_ramses_sentido_2000, 73]). Esta capacidad supone que tanto el despliegue de las actividades humanas, su significado y el desarrollo y adaptación de medios para realizarlas (técnicas y tecnologías) tiene lugar en términos de una apropiación que permite el desarrollo de las conversaciones sociales de Boisier y es punto de apoyo para la generación de procesos de aprendizaje.
La superación del segundo obstáculo, al que llamo sospecha institucional, se deriva del papel de los gobiernos locales en el necesario acercamiento de la gestión pública hasta el ciudadano, lo cual es una propuesta que prevalece en la del desarrollo endógeno de un modo particular, dada la concepción de procesos de aprendizaje bidireccionales, autopoiéticos en el ejercicio de construir la gobernanza local e ir construyendo el ejercicio ciudadano. Esto equivale a decir, que el desarrollo endógeno se define de forma positiva en la generación de prácticas transparentes de gestión pública, y en el surgimiento de prácticas de ciudadanía responsable con la constitución del bien público y de su entorno inmediato, una nueva forma de ciudadanía.
La conjugación de procesos de aprendizaje abiertos, incluyentes, comunitarios, horizontales, humanizados y el acercamiento de instituciones y ciudadanos en la reconstrucción de lo público, nos dibuja entornos sociales progresivamente complejos. [boisier_sergio_actores_2002], habla de sistemas sociales complejos y la necesidad de observarlos en respuesta, entre otras cosas, a demandas de adaptación a las condiciones cambiantes del entorno. Según este planteamiento, los sistemas complejos organizados potencian, en virtud de su organización interna, la generación de sinergias de forma tal que se posibilite el surgimiento de interacciones más y más ricas entre éstos.
Se identifican seis subsistemas dentro de sistemas territoriales complejos, a saber:

 

  • Subsistema de valores, en donde se cuentan tanto los valores universales, comunes a prácticamente todas las sociedades, y aquellos que son particulares a cada una de las localidades, o sistema territorial.
  • Subsistema de actores (individuos, colectivos y públicos entre otros), en donde no se trata de inventariar aquellos con los que se cuenta dentro del sistema territorial, sino también aquellos que son potenciales generadores y ejecutores de proyectos, y aquellos que son claves en la ejecución de los mismos.
  • Subsistema de organizaciones públicas y privadas, en donde es importante conocer no sólo cuáles organizaciones existen sino también sus valores, capacidades y prácticas organizacionales, e interorganizacionales.
  • Subsistema de procedimientos y formas de ejercicio del gobierno local, en donde el conocimiento sobre los modos en que se hace y administra el gobierno local, es clave en un marco de incertidumbre intrínseco a la complejidad del sistema territorial.
  • Subsistema de acumulación de capital, entendiendo que este proceso no puede entenderse desde un punto de vista lineal o jerárquico.

 

    1. Subsistema de capitales intangibles, en donde el autor agrupa a factores específicos cuya interacción afecta de modo importante el curso del desarrollo. Boisier identifica diez tipos de capitales intangibles: capital cognitivo, simbólico, cultural, social, cívico, institucional, psicosocial, humano, mediático y el sinergético
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      El capital es cognitivo, cuando da cuenta del conocimiento que se tiene en una unidad territorial siendo este conocimiento de un variado tenor. Es simbólico, cuando se refiere al significado de las palabras en el entorno de esa comunidad. Es cultural, cuando da cuenta de las prácticas sociales de esa comunidad y de los contenidos de éstas. Es social, cuando da cuenta de aquello que permite a los miembros de una comunidad entrar en relaciones entre si, aquello que llamamos confianza y que también se basa en las características propias de cada comunidad. Es cívico, cuando hay tradiciones políticas democráticas institucionalizadas en esa comunidad. Es institucional, cuando se refiere a las instituciones y organizaciones que existen y el modo en que se relacionan. Es psicosocial, cuando dan cuenta del modo en que se articula el saber y conocer, con el hacer en cada individuo y en la comunidad. Es humano, cuando da cuento del cúmulo de capacidades y conocimientos con que cuentan los miembros de una comunidad. Es mediático, cuando da cuenta de los medios masivos de comunicación social y de la información que a través de éstos se difunde al colectivo. Y finalmente es sinergético, cuando da cuenta del modo en que se relacionan y ponen en movimiento todos los otros capitales intangibles que, como se ha visto son de dificil desvinculación.

      . Cada uno de estos capitales tributa a la construcción del desarrollo endógeno de una región, al servir como elemento que lo apalanca y que permite su interpretación. Estos capitales no son independientes entre si, de hecho, la ocurrencia del capital sinergético se observa precisamente por la interacción de los distintos actores sociales en el uso e intercambio de los otros capitales observados en una comunidad.

 

Entre estos subsistemas surgen procesos de intercambio, de generación de sinergias, en buena medida motivadas por lo que el autor llama conversaciones sociales. La sinergia es el resultado de un proceso de conjunción y acción biunívoca entre los actores sociales de un ámbito determinado, en el marco de crear y realizar una construcción que les es común. Para Boisier, las conversaciones sociales activan la generación de una sinergia de tipo cognitivo, gracias a la construcción y socialización de significados en torno al proceso de desarrollo en sí mismo. La socialización de significados y la generación de sinergias de tipo cognitivo son traducibles, en términos concretos, en la generación de procesos de aprendizaje.
Así, esta idea de desarrollo endógeno se aleja de la tradicional noción de desarrollo en tanto que progreso, y se acerca mucho más a una noción social y humanista. En lugar de pensar en ajustar los planes y programas gubernamentales en la búsqueda de logro de estándares de progreso preestablecidos y acordes con otras realidades sociales y políticas, se promueve la construcción de preguntas propias, y respuestas desde lo cotidiano, sobre cómo redimensionar las relaciones del ser humano con su entorno para hacer más viable su coexistencia y su despliegue integral. Se abona el terreno en la exploración de la pertinencia de cualquier proyecto de desarrollo endógeno a la luz de su impacto en generación de conversaciones sociales, de sinergias cognitivas, pero también que las instituciones públicas y los ciudadanos posibiliten, gracias a su diálogo y aprendizaje colectivo, la revisión de nuevos modos de vincularse tributando, en conjunto y no ya de forma desarticulada, a esa construcción común de un destino cifrado en la búsqueda del bien público.

Desarrollo Turístico Regional como opción endógena para el desarrollo.

Aunque el turismo como problema del desarrollo me tocó de modo tangencial durante mi trabajo en Fundacite, en ocasión de acompañar, aprendiendo aún sin ser participante directa, la configuración de una Red de Innovación Productiva en Turismo con prestadores de servicios turísticos del estado, este tema no se configuró como pregunta de investigación para mí hasta mi ingreso como docente en el Colegio Universitario Hotel Escuela de Los Andes Venezolanos. Quiso el destino que comenzara a dictar un curso de desarollo socioeconómico y otro de metodología de la investigación durante mi primer semestre de clases, para que el turismo entrara entre mis preguntas para juntarse y fijar posición en una nueva mirada sobre los factores productivos del estado.
En esa misma época, desarrollaba con financiamiento de FONACIT, un portal para seguimiento de incidentes de delincuencia en el estado Mérida llamado CARTOSIGID. De ese proyecto, son hijos e hijas otras experiencias como Guarimbas: portal pensado para identifcar información confiable sobre conflictos en Mérida durante las guarimbas del año 2014, Abastecernos: portal pensado para reportar incidencias con abastecimiento y acaparamiento de productos alimenticios, Yenchi: portal pensado para reportar incidentes de violencia de género y Mapa de Turismo: portal pensado para mostrar los aportes al turismo regional por parte de la Dirección Regional del Instituto Nacional del Turismo (INATUR). Sólo el primero de ellos contó con financiamiento, pero la realización de esa investigación posibilitó la réplica en distintos espacios y su reutilización en el sector turismo, área recién en proceso de conocimiento para mi.
Acompañar a los participantes de mis sesiones de clase a pensar el desarrollo en nuestro país ha sido todo un reto, en especial porque también es este espacio ha emergido el lenguaje como un elemento condicionante de lo que se configura como espacio del accionar social. Pero también porque en Venezuela se acepta de modo claro, casi sin discusión y pese a toda observación de la lógica macroeconómica, que el turismo puede llegar a ser una actividad socio económica con importante contribución para el Producto Interno Bruto (PIB), porque es una actividad flexible que se favorece en nuestro país por la variedad y cantidad de atractivos naturales lo cual, además, constituye el segundo valor reconocido por sus ciudadanos/as, por detrás del petróleo como elemento identitario nacional.
La Ley Orgánica del Turismo, publicada en Gaceta Oficial Extraordinaria Nº 6.152 del 18 de noviembre del 2014, establece que el turismo es un

“Conjunto de actividades realizadas por personas durante sus viajes y permanencias en lugares distintos al de su entorno habitual, por un período de tiempo consecutivo inferior a un año, con fines de ocio, esparcimiento, recreación, por negocios y otros, así como el conjunto de productos y servicios que se prestan para satisfacer las necesidades y requerimientos de tales personas a cambio de una contrapartida económica.” Art 2 de las definiciones de la Ley Orgánica del Turismo
Esta definición, coloca al turismo como espacio generador de dinámicas productivas entre factores económicos que, quizás, no estén asociados de modo directo con la actividad turística. Define, entonces, al turismo en el plano de dos dimensiones claramente identificables. La primera, asociada a quien disfruta de su permanencia en otros lugares distintos al habitual, y la segunda, asociada al grupo de personas y actividades involucradas en ofrecer servicios, comodidades, productos y, en suma, satisfacer las necesidades de aquella persona que se desplaza de su lugar de residencia habitual.
El establecimiento de estas dos dimensiones de modo claro desde el cuerpo legal vigente en Venezuela, reconoce, en primer término, su evidente complejidad, pero además también permite que esa condición intrínseca del sector, sea visibilizada desde el orden institucional. No hablo aquí desde la institucionalidad inmediata en la cual habito, donde las conversaciones profesionales de las que hablamos antes y veremos nuevamente un poco más adelante, han permitido exponer en tono sincero las limitaciones propias de formas de accionar heredadas del rentismo. Hablo más del ordenamiento jurídico del sector turismo cuya modificación debe acelerarse a fin de romper con los matices rentistas que le ha impreso nuestro modelo de desarrollo nacional desde el primer momento de auge de la explotación petrolera, si lo es para decir que esta visibilización desde el orden institucional de la diversidad y complejidad del sector turístico es un importante paso, aunque no es suficiente para impulsar al sector.
En este contexto, y pese a la evidente complejidad del sector turismo, la manera en que éste puede aumentar su contribución al PIB, en un país con arraigados procesos extractivistas como el nuestro, no está claro. Y quizás parte de los motivos, tengan origen en la ausencia de elementos que describan un futuro que, como ideario, ilustre el tipo de desarrollo al que se aspira y el tipo de turismo que deseamos. Sin embargo, es necesario acotar que el mayor potencial de los sectores productivos complejos, es que permiten la concatenación con otros sectores productivos en su desempeño. En otras palabras, en la diversidad y complejidad del tejido productivo de la economía, está, en buena medida, una suerte de clave para la resiliencia de una opción de desarrollo.
En el caso del turismo, no es novedad afirmar que la oferta de alojamiento, por ejemplo, se vincula con actividades propias del turismo como el transporte aéreo, pero también con otras que no lo son tanto, como la producción de mobiliario para hoteles, elaboración de amenities (jabones de tocador y otros dispositivos de aseo personal), o con la elaboración de lencería para camas o mantelería para establecimientos de Alimentos y Bebidas. No decimos nada nuevo, entonces, cuando reconocemos que desde el impulso del sector turismo, puede avanzarse de modo decidido al enriquecimiento de otros sectores como el de elaboración de muebles, productos de limpieza e higiene personal, textil, y toda la gama de oferta de servicios de traslados, disposición e instalación en cada caso. Entonces, el verdadero auge del sector, puede darse de modo progresivo, avanzando en la generación de condiciones propicias para generar esos encadenamientos necesarios.
En este contexto, una opción endógena basada en el turismo no puede circunscribir los esfuerzos institucionales, productivos y comunitarios a la captación de un mayor número de turistas, y a la disposición de nuevas y mejores ofertas de alojamiento de modo exclusivo. La construcción de un modelo de desarrollo endógeno, con apoyo en la actividad turística, debe apoyarse también en procesos de auto-información de colectivos locales sobre sus vocaciones, capacidades y potencialidades ([petrizzo_paez_maria_angela_desarrollo_2006]). Así, resulta ineludible la construcción, desde las bases, de acuerdos comunes entorno al turismo como opción de desarrollo, sobre los cuales identificar y articular, para todos los factores involucrados, las decisiones, los objetivos, las metas, las tareas y las estrategias para asumirlas. Los acuerdos locales alcanzados deberán tener como punto de partida un ideario común de la situación objetivo pretendida, y que esta se traduzca en el discurso de la acción local, pero que también se permee desde allí hacia el discurso institucional sobre el tema.
La acción colectiva, entonces, resulta indispensable para la articulación de decisiones de desarrollo endógeno, y tiene en la construcción de conceptos, ideas y tareas comunes un elemento clave para su consolidación. La complejidad del sector vinculado a la opción de desarrollo a asumir, determinará entonces, la riqueza de esa acción colectiva articulada. La articulación local en torno a conceptos como conocimiento, desarrollo endógeno y turismo creo, por tanto, que configura y condiciona ese ejercicio de construcción de decisiones y acciones locales.
El desarrollo endógeno, lo resumiremos como “el despliegue del quehacer social en armonía con su entorno” ([ochoa_alejandro_aprendiendo_2006]). En este contexto, aquello que posibilita que dicho despliegue ocurra, está marcado por ser el lugar en donde ocurre. Entonces, el desarrollo endógeno así pensado es, en primer caso, un lugar de encuentro.
En tanto que tal, ocurre que el desarrollo endógeno se configura como una matriz generadora de interacciones entre ciudadanos e instituciones, que favorece el surgimiento de procesos de aprendizaje del colectivo en colectivo, a partir de la generación de diálogo o conversaciones. Más adelante intentaré mostrar que estos diálogos están condicionados por el lenguaje y la percepción del conocimiento que tengan los actores involucrados, pero por ahora vale decir que el desarrollo endógeno se conforma y es construido gracias al arraigo del ciudadano con su entorno.
Siendo esto así, creo que la consolidación de esos procesos de desarrollo endógeno, está sujeta a que se operen cambios en la sociedad desde su interior: el sector productivo local, configurado en un conglomerado más o menos articulado de opciones socioproductivas, debe estar al servicio de un proyecto de desarrollo endógeno. Pero también las organizaciones e instituciones públicas deben adecuarse al llamado de construir junto con los ciudadanos aquello que se conoce como Lo Público, y a articular modos de preservarlo.
Siendo que estas circunstancias no abundan en las condiciones actuales, vale decir que para el desarrollo endógeno se requiere aprender a convivir y aprender a ser en la sociedad que se transforma hacia el contexto deseado. Y el aprendizaje desde y hacia lo colectivo, es factible desde la condición de la confianza. Al respecto, [guell_p_subjetividad_1998] dice:
“Un desarrollo que no promueve y fortalece confianzas, reconocimientos y sentidos colectivos, carece en el corto plazo de una sociedad que lo sustente. Entonces la viabilidad y éxito de un programa de desarrollo dependerá del grado en que las personas perciban ese programa como un escenario en que su subjetividad colectiva es reconocida y fortalecida”.
Aspectos como la confianza, el reconocimiento y la construcción de un sentido colectivo se fundamenta, básicamente, sobre el lenguaje y los signos de las acciones que devienen en aprendizaje colectivo. Pensemos, entonces, en la posibilidad de identificar un sector productivo, que ayude a construir una noción de desarrollo endógeno que lo dibuje como algo inherentemente sustentable, evidentemente sostenible y genuinamente garante de la creación de diversos tipos de riqueza para todas/-os. Parece que esto resulta más acorde a la necesidad de comprender cuáles dinámicas socioproductivas deben definirse en torno a cada uno de los sectores que accionan en el territorio, para lo cual, parece obvio, debe conocerse el territorio y las potencialidades productivas que lo cruzan y circundan.
Si dibujamos un espacio regional como el andino, configurado en torno a parajes acogedores, con una notoria diversidad de flora y fauna y una variedad significativa de climas y pisos térmicos, acreedora de una tradicional responsabilidad en la dotación de hortalizas al consumo nacional, la primera potencialidad, capacidad y, además, vocación que emerge de modo histórico y claro es la agrícola. El trabajo con actividades socioproductivas diferentes a ésta fue muy posterior a la introducción de la extracción de productos de la tierra y su comercialización. Sin embargo, las características orográficas, climáticas y de biodiversidad natural, introducen una potencialidad de la era moderna: el desarrollo del turismo.
Afirmo que el turismo receptivo en nuestro país y, específicamente, en la zona andina, es una actividad vinculada a la modernidad pues se deriva de la socialización de medios de transporte masivos. La acepción actualmente conocida del turismo, y que también es moderna, lo define como “actividad ejercida fuera del lugar de residencia por un período superior a un día e inferior a un año”. Sin embargo, no hay que perder de vista que esta definición se corresponde con un período histórico caracterizado por la existencia y disposición de medios de transporte masivo muy rápidos, como por ejemplo vuelos comerciales con varias salidas diarias por destino.
Hoy día se puede decir que el beneficio colectivo derivado del turismo como actividad económica, se logra gracias a la generación de una cultura de corresponsabilidad que se propague a distintos espacios: medioambiental, comunitario, tributario, educativo, cultural y de diversificación productiva, entre otros.
Para hacerlo posible, parece que la clave está en la comprensión del papel de lo colectivo:

 

  • Visualizar que lo colectivo y comunitario no es inherente a espacios rurales o atrasados,
  • Dibujar la visión colectiva que, sobre el turismo como actividad socioproductiva, asume el colectivo en su quehacer comunitario,
  • Transitar la configuración de dinámicas colectivas, la generación de diversificación en patrones de riqueza, y la vinculación corresponsable del colectivo organizado sobre su opción de desarrollo.

 

Esto es lo que, en definitiva, permite organizar una estrategia endógena cuando el turismo regional es una opción de desarrollo.
Los significantes utilizados para nombrar las cosas que señalamos en lo cotidiano, no tienen, sin embargo, garantía de asepsia política: toda lectura, como revisita a aquello que el ser humano hace, conserva una relación de arraigo en mayor o menor medida al contexto desde el cual esa producción ocurre y llega a nuestras manos. Ese contexto es, esencialmente político, ya que ese espacio encierra un conjunto de relaciones sociales, personales, profesionales y otras dinámicas culturales que, necesariamente, involucran en mayor o menor medida, temas de poder y preguntas sobre el poder.
Dicho así, considero necesario hacer aquí algunas puntualizaciones aunque las retomaré más adelante. En primer lugar, el parcelamiento, y subsecuente segmentación que ha operado sobre el conocimiento y sus procesos de producción no es un hecho que afecte negativamente y de modo exclusivo a la producción científica. En el siguiente capítulo, intentaré establecer que la segmentación de los modos de producción de conocimiento ha llegado a imbricar también de forma importante buena parte de los conceptos que manejamos al hablar de turismo, aunque este sector no se entiende aún en nuestro país como capaz de generar y distribuir distintos tipos de riqueza en la sociedad.
Para que tal generación de riqueza ocurra, el desarrollo endógeno debe apoyar que colectivos organizados y territorialmente identificables de modo claro y visibilizado, conjuguen capacidades, potencialidades y vocaciones comunes en torno a decisiones locales. Pero resulta importante recordar que si hay una ruptura entre las comunidades y su reconocimiento sobre lo que son, difícilmente podrá avanzarse en un pensamiento colectivo sobre lo que pueden llegar a ser.
Sin embargo, hay una configuración compleja de la idea sobre la actividad turística que se difunde de modo frecuente y aceptada sin apenas reflexión:

 

  • Es necesario impulsar la actividad turística porque beneficia a todos.
  • La actividad turística es muy importante y es endógena,
  • El ecoturismo es, de por si, turismo sostenible,

 

Cada una de esas afirmaciones la hemos escuchado en varias ocasiones. Sin embargo hay algunos elementos que resultan de necesaria aclaratoria.

 

  • En términos generales, la mayor proporción de ingresos de la actividad turística parece recibirla de modo directo el/la prestador/-a del servicio y, en una proporción sensiblemente menor el personal encargado de dispensar el servicio. Es importante acotar que esto parece ser una consecuencia directa de prácticas organizacionales y empresariales abusivas y poco conscientes con la necesidad de explorar beneficios locales más allá de los económicos directamente vinculados a la actividad.
  • En términos generales también, el turismo como actividad productiva es sumamente susceptible a verse expuesta y afectada por intereses externos que pueden determinar de modo claro su repercusión en la comunidad. De este modo, que la actividad turística repercuta de forma directa y positiva en una comunidad, dependerá del control que ésta ejerza sobre aquella.
  • Muchas instalaciones ecoturísticas no suponen, en si mismas, actividades de turismo sostenible, a menos que haya un claro control de todos los eslabones de tareas y actividades que inciden en la participación de los individuos en dichas actividades. En otras palabras: aunque un hotel o posada esté enclavado en un entorno natural, maneje criterios básicos de reciclaje y reutilización, haya previsto algunas consideraciones básicas de respeto al entorno en su construcción, no supone una actividad sostenible per se, a menos que también garantice que el traslado de los usuarios de esos servicios también se hará conforme a respeto y preservación del medio ambiente, o que los/-as trabajadores/-as vinculados/-as a dicha actividad cuenten con una vinculación respetada y respetuosa con dicha actividad y, además, se revierta en el entorno los beneficios directos de dicha actividad, entre otras cosas. El ecoturismo es entendido como una forma de turismo alternativo y, por tanto, una estrategia en el marco de la sostenibilidad de esta actividad socioproductiva. Esa sostenibilidad no puede lograrse por otra vía distinta a la de involucrar de modo activo a los/-as actores/-as involucrados/-as en todo el proceso de toma de decisiones y generación de riquezas y nuevas dinámicas socioproductivas en el entorno donde esa actividad se realiza.

 

Lo que he asumido hasta aquí, es que de cómo sean definidos los términos, dependerá el modo en que éstos acabarán configurándose como discurso y argumentaciones colectivas, y que de estos argumentos y discursos colectivos, se vierten también elementos que inciden de modo claro en la forma en que se articulan las decisiones por parte del colectivo.
En este contexto, lo que nombramos como quehacer comunitario, es decir, el conjunto de dinámicas culturales, valores, intercambios sociales y productivos, prácticas colectivas y otras formas de auto-reconocimiento común de pertenecer a una unidad territorial, geográficamente definida y conocida y culturalmente arraigada, no escapa de esta influencia. Por lo tanto, resultan notables un grupo de condicionantes sobre el quehacer comunitario que se derivan de modo directo de la comprensión que en el colectivo se tenga sobre, por ejemplo, desarrollo y turismo.
En el contexto del turismo como actividad socioproductiva, es evidente que, desde el punto de vista institucional la visión del Estado es hacia su ejercicio de modo corresponsable y su vinculación como elemento clave en el engranaje de la reflexión colectiva sobre las actividades socioproductivas que puedan generarse en los entornos organizados, diversificando la generación de riqueza local y facilitando el control local de decisiones y resultados.
Lo que nos indica el basamento institucional y legal vigentes, así como la planificación nacional, es la necesidad de reflexionar sobre no sólo las posibilidades que el turismo abre para generar otras fuentes de riqueza y beneficios locales distintas a la estrictamente económica, sino también a la necesidad de comprender el entorno local como fuente directa de actividades primariamente relacionadas con el turismo o tareas y servicios de soporte a éste.
Entonces, la despolitización, la desmovilización, la desarticulación de las comunidades, pero también el pensamiento colectivo colonizado favorecido por una falta de (re) conocimiento de lo propio, la ausencia de prácticas comunes y la acción irreflexiva sobre y frente al poder inciden de modo determinante en la falta generalizada de auto-información colectiva.
Lo que logra, en definitiva, un beneficio colectivo del turismo como actividad económica, es la generación de una cultura de corresponsabilidad que se propague a distintos espacios: medioambiental, comunitario, tributario, educativo, cultural y de diversificación productiva.